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Murmullos - Abbadie - A Traves del Cerco

About Murmullos

Previous Entry Murmullos Nov. 26th, 2013 @ 10:54 pm

Escribí este cuento cuando me invitaron a contribuir para un número de Tierra Adentro dedicado a Rulfo. Al final, no me sorprendió que únicamente aceptaran un breve artículo y no el cuento. Puesto que me parece obvio que hay circunstancias que harían imposible su publicación en libros o revistas, lo dejo aquí. Por supuesto, la novela Pedro Páramo y todos sus personajes son obra y propiedad de Juan Rulfo.

                                                                                   Murmullos


                                                                                                           A Ramón Muñiz Sos a

                                                                                                 Sí, Dorotea, me mataron los murmullos…
                                                                                                                                             -Rulfo

“Vine a Comala porque me dijeron que acá había soñado y escrito un tal Juan Rulfo. Sus libros me lo dijeron. Y yo le prometí que seguiría su rastro…”
Ramón se quedó mirando ese primer párrafo de su ya largo manuscrito. El papel amarilleaba bajo la vela –la electricidad nunca nació en Comala-, como si llevara ya muchos años de estar esperando…
…escribiendo…
…hasta el final de la noche, que nunca llegaba.
“Era como él lo había descrito: el mismo destierro de la vida, la misma magia de la tierra, el mismo pueblo maldito por el abandono… y doblemente maldito por la permanencia”.
Tap-tap-tap.

* * *

-¿Hotel? –repitió el viejo, y se carcajeó, como si se resquebrajara por dentro-. ¡No, m’ijo! Aquí no hay nada de hotel, agárrate si quieres la casa que se te antoje, al cabo que nadie vive aquí desdi’ace mucho…
-¿Y usted?
El viejo se carcajeó de nuevo.
-¿Y dónde es la Media Luna?
El viejo ya no se rió; su cara parecía triste otra vez, como cuando saludó a Ramón desde detrás de una empalizada.
-P’allá… por este camino sales.
Emocionado, Ramón siguió su indicación, caminando por una terracería del color del nublado que techaba el cielo.

* * *

Tap-tap-tap.
No.
-No voy a mirar –murmuró.

* * *

“¡Esta era la casa! ¡Éste el cuarto! ¡Este es el lecho de colcha apolillada, polvosa, que me ha esperado aquí más de medio siglo! De acuerdo, no es fiel a como yo lo había visualizado todo, ¡pero aquí estoy! ¡Esta era la casa en la que todo pasó! ¡Estoy seguro! ¡Estoy aspirando ese mismo aire que Susana San Juan dejó sin respirar!
“¡Estoy aquí, Juan, como te prometí cuando nos conocimos en ese pequeño, maravilloso libro tuyo! ¡Estoy aquí, en este pueblo que hiciste mi pueblo con cada una de las palabras que le dedicaste!
“Y es como si tú también estuvieras aquí”.

* * *

-Mira, hay una luz en esa ventana.
-¿Dónde?
-Allí, en la Media Luna, en donde doña Susana siempre dejaba prendido porque le daba miedo la noche.
-Otra vez…

* * *



Jadeando, Ramón se sentó en el borde del lecho. Se puso de pie otra vez, cerró la puerta del dormitorio –hinchada, comba y podrida por un siglo de humedad-, y volvió a sentarse.
Tomó del bolsillo de su saco un gastado librito: Pedro Páramo.
No. Ahora no…,
se dijo; pero lo abrió, y leyó:
-“Allá hallarás mi querencia. El lugar que yo quise. Donde los sueños me enflaquecieron. Mi pueblo, levantando sobre la llanura…” –sus ojos muy abiertos saltaron frases, rastreando morbosos las que tan bien recordaba-: “…donde se ventila la vida como si fuera un murmullo…” Dios, por favor… “Y de las paredes parecían destilar los murmullos como si se filtraran de entre las grietas y las descarapeladuras. Yo los oía. Eran voces de gente; pero no voces claras, sino secretas, como si me murmuraran algo al pasar, o como si zumbaran contra mis oídos…”
Ramón parpadeó, pues las lágrimas emborronaban las palabras.

-“Vi que no había nadie, aunque seguía oyendo el murmullo como de mucha gente en día de mercado. Un rumor parejo, sin ton ni son, parecido al que hace el viento contra las ramas de un árbol en la noche, cuando no se ven ni el árbol ni las ramas, pero se oye el murmurar.
“Así. Ya no di un paso más.
“Comencé a sentir que se me acercaba y daba vueltas a mi alrededor aquel bisbiseo apretado como un enjambre, hasta que alcancé a distinguir unas palabras…”
Ramón no pudo seguir leyendo; su voz se deshebró en sollozos.


* * *


Tap-tap-tap.

Miró.
Una risa en la ventana.


* * *


“-Te voy a amarrar con esta soga y te voy a bajar por el agujero, me dijo Bartolomé. Yo era muy niña, no podía decir que no.

“Caminé por las calles del pueblo, repetí entre dientes distintos pasajes de Rulfo, llené mis pulmones con el olor/sabor de abandono húmedo que exhalaban las casas; esas casas de adobe y madera que tenían todas el color de la tierra, como si hubieran crecido de ella y ahora el suelo las estuviera jalando de regreso, poco a poco, día tras día, siglo tras siglo. Caminé por esas calles de tierra, entre esas fachadas de tierra, asomándome a sus ventanas como agujeros y fingiendo que las reconocía: aquí estaba la vieja casa de don Gerardo, el licenciado; allá, la inconfundible casa de la familia San Juan; acá, frente a la plaza, la modesta iglesia donde el padre Rentería decía misa…
“Caminé entre los árboles secos de la plaza, con las ramas color de suelo, y entré sin persignarme a la iglesia. Algunas bancas se habían derrumbado sobre sus patas rotas y carcomidas; unos jirones de tela desmoronada no lograban cubrir el altarcito. La pintura se descarapelaba en las mejillas de la virgen como piel seca. Me senté en la primera banca, frente al púlpito, mirándola, y escuché cómo el viento siseaba en las ventanas rotas, removiendo despojos en los rincones, y hacía danzar el polvo. Ese viento que rebullía, que casi cuchicheaba; que casi musitaba, como un alma perdida en las calles de Comala.
“Ni siquiera puedo decir que sentí escalofríos, que mis propios fantaseos me perturbaron cada vez más. Yo simplemente jugaba a tratar de oír las voces, de espiar las pláticas eternas de Comala, de oír a Martín Preciado narrando de nuevo la forma en que los murmullos lo mataron.
“Y de repente, oí…
“-Y me bajó, a ese lugar muy negro debajo de las tablas rotas del piso. Busca, me dijo, a ver qué encuentras…
“Miré para todas partes, pero no había nadie que dijera eso en las bancas polvosas, ni en el púlpito añejo, ni en las paredes de enjarre desconchavado. Entonces sí me empezó a llegar el miedo.
“-No veo nada, papá, decía yo, pero él me siguió bajando…
“El murmullo siguió repitiendo, casi exactas, las palabras del libro, las que desde que había llegado a la iglesia, había fantaseado que podía escuchar. Oí decir a la voz cómo Bartolomé la había descolgado más y más hondo, alumbrando lo que la rodeaba con una lámpara de mano; y ella había encontrado una calavera. “¡Dame todo lo que encuentres junto a la calavera!” había dicho él… “y le fui pasando, hueso a hueso, el muerto entero…”  
“¿Quién es? –murmuré apenas, aterrado, pero al mismo tiempo sin querer interrumpir ese monólogo. Susana San Juan, pensé, sintiéndome como ebrio; ¡Susana San Juan!


* * *


-No, no es Susana, aunque está en el cuarto de ella.

-¿Y quién será, pues?
-Ya ves… ai’ de vez en cuando que viene alguien por aquí, y empieza la cosa otra vez…
-Que el cielo le ayude, sea quien sea.
-Oye, ¿y en serio crees qui’aya un cielo?
-Tiene que haberlo, comadre.
“Tiene que haberlo…
-Ya ni sé si haya de veras algo fuera de este pueblo…


* * *


El costado le dolía a Ramón de tanto que corrió para alejarse de la iglesia. Corrió de vuelta por la calle más amplia de Comala, por donde había pasado al llegar; corrió hasta que vio la casita con el empalizado en donde había encontrado al viejo. Tenía que hablar con él. Tal vez… tal vez si le preguntaba algunas cosas…

El sendero de tierra que daba a la puerta de la casa cruzaba con un jardín de polvo y espigas secas y amarillas; y sobre la granulosa monocromía, unas huellas como de huaraches de cuero habían dejado un rastro terregoso hasta la puerta. Ramón lo siguió, sin pisarlo, y golpeó la madera podrida.
Como el viejo no contestó, empujó la puerta. El único cuarto de la casita estaba vacío: sólo un catre caído y una mesa amantelada de polvo. Y en el suelo, rematando las huellas que entraban, una pila de tierra, como si alguien hubiera echado una palada; y enmarañada entre la tierra, ropa avejentada…


* * *


“-Busca algo más, Susana, me decía Bartolomé desde arriba, desde afuera. Dinero. Ruedas redondas de oro. Búscalas, Susana. Y busqué a tientas, rascando con los dedos la tierra seca, a ver si quedaba algo donde habían estado los huesos. ¿Y de quién eran los huesos?, no se me ocurrió preguntarme eso entonces, pero lo pensé muchas veces. Sólo hasta que me estaba muriendo, todos esos años después, cuando el padre Rentería… en fin, yo seguí tentaleando, buscando… hasta que mis dedos pegaron con algo blando. No sé si grité, porque Bartolomé sí me gritó algo desde arriba, aunque no supe lo que decía, porque yo me sentía igual que si hubiera despertado a una araña o algo y ahora esa cosa me estuviera mirando, furiosa pero también contenta de haberse despertado. Y en seguida empecé a oír como un cuchicheo por todos lados y luego ya no supe nada más. Nada, hasta muchos días después, que me desperté, con Bartolomé mirándome enojado, aunque yo estaba en la cama y no podía moverme porque me sentía toda helada y el padre Rentería y el doctor Valencia no atinaban qué hacer para que me pusiera bien; me miraba enojado, sin decir nada, y me daba miedo porque sabía que estaba enojado porque no había podido encontrarle sus monedas…

“Me había levantado de la banca y estaba dando vueltas frente al púlpito, tratando de encontrar desde dónde venía la voz. Pero era tan difícil; se mezclaba con los ruidos del viento hasta que yo pensaba si no estaría poniéndole palabras a un murmullo sin sentido.
“-Nunca supe por qué estaban ai’ esos huesos; nunca, hasta esa última vez, cuando me puse tan mala, y Pedro estaba tan desesperado, y Justina lloraba y lloraba como loca hasta que me daba coraje… Yo nomás quería que me dejaran sola, esa noche; que me dejaran dormir. Que no viniera a fastidiar el padre Rentería con sus rezos y sus avemarías… Pero él me dijo que no me iba a confesar ni nada, que nada más quería ayudarme a morir; que fuera repitiendo lo que él me dijera y me iba a ir durmiendo, durmiendo… y ya no me iba a despertar nunca. Entonces sentí ese aliento muy frío en mi oído, y oí que susurraba, y repetí: tengo la boca llena de gusanos…
“Cansado de buscar el origen de la voz, me quedé muy, muy quieto, frente al altar, mirando los ojos de la virgen despintada mientras mis labios coreaban sin sonido las palabras murmuradas… palabras que había leído tantísimas veces y que me sabía de corazón…
“-Trago saliva espumosa; mastico terrones plagados de gusanos que se me anudan en la garganta y raspan la pared del paladar… Mi boca se hunde, retorciéndose en muecas, perforada por los dientes que la taladran y devoran… La nariz se reblandece, la gelatina de los ojos se derrite, los cabellos arden en una sola llamarada… Y yo dejé de tratar de repetirlo todo; estaba asombrada. Cada una de esas frases me hacía volver a ese día en que me bajó Bartolomé al agujero, y empecé a recordar por primera vez un poco más de lo que había pasado luego de sacar los huesos… Miré al padre Rentería: me pareció que él esperaba ver cuál era mi reacción. Entonces supe que, de algún modo, él sabía lo que me estaba haciendo recordar; que él lo entendía. Quise decirle que sabía esto, y traté de sonreír, aunque no sé si lo logré. Entonces, poniendo una cara muy rara, el padre se puso otra vez a susurrar dentro de mi oído, a llenar de aire frío mi cabeza: Aún falta más. La visión de Dios. La luz suave de su cielo infinito… Ahora yo no sabía de lo que me estaba hablando; otra vez hablaba como sacerdote. ¿Por qué…? La alegría de los ojos de Dios, última y fugaz visión de los condenados a la pena eterna… Entonces empecé a entender: seguro estaba tratando de ver si yo sabía lo que me había pasado esa vez, hacía tanto tiempo; de ver si me arrepentía… ¡Arrepentirme? ¡Si era el condenado Bartolomé el que me había hecho bajar y escarbar y buscar! El padre se calló, y luego me dijo: Vas a ir a la presencia de Dios. Y su juicio es inhumano para los pecadores. Iba a decir más cosas, pero yo le dije, váyase, no se mortifique por mí. Y es que tenía tanto sueño…
“La virgen me miraba con sus ojos de yeso mientras oía, tan fascinado que no me ganaba el miedo, los murmullos de Susana San Juan. Sus recuerdos de los últimos minutos de su vida…
“-Justina se puso a llorar otra vez, haciendo retumbar mi cabeza. Me enderecé y le dije, harta, ¡vete a llorar a otra parte! –seguía diciendo Susana.
“Pero no debí moverme, porque me entró el mareo. Y sentí que se me hundía la cara en mi estómago, sin dejarme ver nada, sin dejarme respirar. Sentí como si mi vientre y las sábanas fueran un remolino que me estuviera jalando, chupando. Y el padre seguía echando en mi oído frases de aire helado que iban de aquí para allá adentro de mi cabeza como si fuera un cubilete: Todavía es tiempo, Susana, ¿qué hiciste cuando tu padre te bajó al agujero cuando eras niña? Yo creo que lo sé, porque a veces oigo los ruidos que hay de noche en las calles, y porque me leí ese libro que traías bien agarrado entre tus bracitos fríos y tiesos cuando Bartolomé te volvió a sacar… Todavía lo tengo guardado, debajo del altar. Se me hace que los huesos que sacaron eran del que trajo ese libro, hace mucho; de alguien que sabía lo que hay debajo de Comala, y no hablo de dinero, como tu padre tan necio. Bueno, él no supo cómo despertarlo, pero puede que tú sí hayas sabido… El padre siguió habla y habla, pero yo ya no pude ni contestarle, ni oírlo, ni pensar en nada, porque me fui pa’bajo y todo quedó negro y creí que ‘ora sí ya se me había acabado todo. Pero no, nunca se va a acabar.
“El murmullo se desbarató en sollozos, y yo mirando a la virgen. Pero muy despacio, miré más abajo. Miré el altar. Había dicho que lo tenía guardado debajo del altar…
“El viento no paraba de llorar mientras yo rascaba el suelo de tablas por debajo del altar. Se me untaron de polvo las manos. Aunque no estaba clavada, cada que agarraba la tabla se me quedaba nomás un pedazo entre los dedos, hasta que acabé mejor rompiéndola a zapatazos. Metí la mano… y saqué un grueso libro, con las páginas selladas por nidos de cucaracha. El título estaba en griego, pero cuando lo abrí, encontré que estaba en español, un tratado De lo que dicen los espíritus del desierto, escrito por un árabe o moro.
“Esa voz de aire que hablaba como Susana San Juan empezó otra vez, pero yo ya no seguí escuchando, porque me eché a correr con un grito, fuera de la iglesia, sin saber para dónde jalar. Pero no fue por nada que dijera la voz, fue por tantito que alcancé a leer cuando abrí el libro…”


* * *


Tap-tap-tap.

-¡NO! –chilló Ramón.
En la ventana, una cara le sonreía babeando tierra. Saltó de la cama de la difunta Susana, donde se había pasado la noche escribiendo lo que murmuraban las calles de Comala, lo que a su mano le diera por escribir. Pluma y cuaderno rodaron, él abrió la puerta de golpe…
Y se vio mirado por el que estaba detrás de esa puerta.

Se tambaleó hacia atrás; ya se le habían olvidado ventana y sonrisa.
-No…
El otro se acercó, raspaba el suelo con pasos arenosos, lo miraba con esos ojos secos, tristes, color de tierra.
-…¡tú no! –gimió Ramón.
-¿Por qué tenías que venir? –le reclamó esa cara imposible- ¿Por qué tienen que seguir viniendo? Siempre hay alguien más… u no más que me viene buscando, uno más que llega a Comala a respirar sus aires… Maldito yo por haber plantado el cebo.
“Perdóname, por haberte traído.
Ramón vio una mano que se extendía hacia él: los dedos se iban desgranando en polvo.
Trató de quitarse, tropezó, cayó; dio un con golpe seco en el suelo. Esa cara que quería no reconocer se fue deshacienfo sobre él como si fuera un montón de piedras.
-Perdóname…


* * *


-Vine a busca…

-Lo sé.
-Igual… igual que Martín Preciado, ¿no?
-…Igual.
“Igual que tantos.


* * *


“Esta es la última hoja de mi cuaderno. Se me antojó acabar de llenarla, ahora que ya puedo durar más. Eso que hay debajo del pueblo y que nos tiene en este pedazo de tierra que es Comala, también nos deja hacernos a veces, con la tierra misma, para fingir que vivimos.

“Pero ya no vuelvo a pisar la Media Luna, porque ahí es donde está ese que dicen que es el único que se habla cara a cara con lo que hay debajo. Desde aquí donde estoy alcanzo a mirarlo de lejos, sentado en su equipal frente a su casa color de suelo. Me cuentan que algunos tenían la esperanza de que un día de estos eso mismo a lo que nomás él no le teme se lo llevaría, y cuando Pedro Páramo ya no estuviera aquí, todos podríamos irnos al fin. Pero pasan años y años, y él sigue muerto, siempre allí, como un espantapájaros frente a las tierras de la Media Luna”.


“Murmullos” Copyright © 2013 Luis G. Abbadie


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