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Abbadie - A Traves del Cerco: Opiniones incomodas para escepticos y esotericos - Mensaje en el ocaso

About Mensaje en el ocaso

Previous Entry Mensaje en el ocaso Nov. 21st, 2007 @ 04:13 am Next Entry

 Un paréntesis con una añeja ficción...

 
MENSAJE EN EL OCASO
 
 
 
 
¡Yendo a él! ¡Carta feliz! Cuéntale—
Cuéntale la página que no escribí.
            —Emily Dickinson
 
El escudo bruñido de Ra se zambullía despacio en el horizonte, y Lugghab, el pirata, lo contemplaba desde una gran roca, en las playas de la isla de Arthán, cuando la gaviota negra vino hacia él desde los cielos candentes.
 
Sentado en una roca fría, Lugghab tardó unos momentos en percatarse de que el ave venía en dirección suya, y aún entonces no reparó de inmediato en la significancia de una gaviota de ébano que surgía del ocaso para descender, con aleteos precisos, hacia la roca donde él reposaba; pero pronto se hizo evidente que el paso del ave no era casual, y sus rasgos broncíneos se pusieron alerta.
 
La gaviota negra se posó en la roca, a su lado, y Lugghab no se sorprendió al observar una familiar señal blanca de forma romboidal en su cabeza... no, aquella señal no era sorprendente en una gaviota negra como ésta, venida del crepúsculo para posarse delante suyo.
 
Pero sí era perturbadora.
 
Lugghab vaciló, pero extendió por fin la mano hacia la gaviota, y ésta se dejó sujetar dócilmente. Allí, en su pata izquierda, estaba un pequeño papel doblado. Lo desató, y la gaviota saltó a la piedra mientras él lo desdoblaba.
 
Contuvo el aliento al deshacer cada doblés...
 
Pero la hoja de papel estaba en blanco. Ni siquiera una palabra, una rúbrica. Nada.
 
En blanco...

Lugghab miró en silencio la arrugada página vacía, mientras en su mente veía imágenes de muchos años atrás, de los días en que se lanzó a explorar las terribles Tierras Obscuras donde su pueblo exiliado habitaba. Imágenes de un palacio toscamente esculpido en la cumbre de una montaña rocosa, más semejante a una formación de la naturaleza que a cualquier otra cosa. Un risco con aspecto de torres donde un sinfín de gaviotas negras revoloteaban y anidaban.
 
-Zakhuri...
 
Bastó murmurar el nombre para traer ante la visión interna de Lugghab aquel rostro joven, de rasgos casi infantiles, con cabellos largos, tan negros como sus vestidos... o como las plumas de sus gaviotas.
 
Zakhuri... aquellos meses en el palacio de los riscos, asediado por cosas que a veces brotaban del mar bajo la luz de la ciega luna...
 
Pero Lugghab era muy joven entonces; era impulsivo. Deseaba conocer los reinos más allá de las Tierras Obscuras: la gloriosa —como la llamaban los viejos— Natharia; Durdania, esa nación aborrecida contra la cual había planeado ingenuamente venganza por hacer del suyo un pueblo exiliado; incluso las míticas tierras allende el Mar del Norte...
 
Lugghab contemplaba la hoja en blanco, recordando su despedida, hace diez soles, cuando Zakhuri le explicó que no podía abandonar el palacio de los riscos. Zakhuri permaneció allí... mientras él se hizo a la mar, haciendo del oro y del pillaje una vida. Se habían vuelto a ver en dos ocasiones, de manera fugaz... y en esas ocasiones ella le había enviado mensajes con sus gaviotas negras.
 
Pero en una ocasión, desde los balcones pétreos del palacio de los riscos, habían estado ante un crepúsculo no muy distinto de éste que ahora alumbraba la página vacía... y habían estado hablando acerca de lo que es inevitable hablar, tarde o temprano:
 
“¿Escribes?”, había preguntado él, mirando su colección de pergaminos por encima del hombro, “¿sobre qué?”
 
“Sobre el mundo”, repuso ella. “Sobre la vida. También escribo sobre los sueños, aunque las palabras parecen vacías, insuficientes para reflejarlos”.
 
“Y cartas, como las que enviabas con tus gaviotas”, añadió él.
 
“Todavía envío cartas a mi padre, en el País del Tigre, y a Enothiad, mi hermana, que me parece aún se encuentra en las montañas de Zarr. Mi vida se enriquece al saber de las suyas, y creo que lo mismo sucede para ellos”.
 
“¿Les escribirás siempre?”
 
“Mientras me dé tiempo la vida”.
 
“¿Y sobre qué les escribes?”
 
“Sobre lo mismo”. Sonrió. “La vida y los sueños; no hay otra cosa”.
 
“¿No escribes sobre la muerte?”
 
“Se puede escribir sobre lo que siente la vida ante la muerte. Las palabras son inadecuadas para los sueños, pero no existen cuando se trata de la muerte”.
 
Zakhuri calló entonces, para luego añadir, largos minutos después, pensativa:
 
“Cuando muera escribiré a todos acerca de ello. Escribiré una carta sin palabras”.
 
Lugghab miró los ojos de Zakhuri...
 
...pero los ojos de Zakhuri eran una página en blanco.
 
La gaviota remontó el vuelo con sus alas negras, y Lugghab la miró, con la carta en su mano, hasta que se perdió de vista allí donde el sol hacía lo mismo tras el horizonte.
 

Publicado originalmente en Laberinto (1994)
Copyright (c) 1994, 2007 Luis G. Abbadie
 
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