Lugghab miró en silencio la arrugada página vacía, mientras en su mente veía imágenes de muchos años atrás, de los días en que se lanzó a explorar las terribles Tierras Obscuras donde su pueblo exiliado habitaba. Imágenes de un palacio toscamente esculpido en la cumbre de una montaña rocosa, más semejante a una formación de la naturaleza que a cualquier otra cosa. Un risco con aspecto de torres donde un sinfín de gaviotas negras revoloteaban y anidaban.
-Zakhuri...
Bastó murmurar el nombre para traer ante la visión interna de Lugghab aquel rostro joven, de rasgos casi infantiles, con cabellos largos, tan negros como sus vestidos... o como las plumas de sus gaviotas.
Zakhuri... aquellos meses en el palacio de los riscos, asediado por cosas que a veces brotaban del mar bajo la luz de la ciega luna...
Pero Lugghab era muy joven entonces; era impulsivo. Deseaba conocer los reinos más allá de las Tierras Obscuras: la gloriosa —como la llamaban los viejos— Natharia; Durdania, esa nación aborrecida contra la cual había planeado ingenuamente venganza por hacer del suyo un pueblo exiliado; incluso las míticas tierras allende el Mar del Norte...
Lugghab contemplaba la hoja en blanco, recordando su despedida, hace diez soles, cuando Zakhuri le explicó que no podía abandonar el palacio de los riscos. Zakhuri permaneció allí... mientras él se hizo a la mar, haciendo del oro y del pillaje una vida. Se habían vuelto a ver en dos ocasiones, de manera fugaz... y en esas ocasiones ella le había enviado mensajes con sus gaviotas negras.
Pero en una ocasión, desde los balcones pétreos del palacio de los riscos, habían estado ante un crepúsculo no muy distinto de éste que ahora alumbraba la página vacía... y habían estado hablando acerca de lo que es inevitable hablar, tarde o temprano:
“¿Escribes?”, había preguntado él, mirando su colección de pergaminos por encima del hombro, “¿sobre qué?”
“Sobre el mundo”, repuso ella. “Sobre la vida. También escribo sobre los sueños, aunque las palabras parecen vacías, insuficientes para reflejarlos”.
“Y cartas, como las que enviabas con tus gaviotas”, añadió él.
“Todavía envío cartas a mi padre, en el País del Tigre, y a Enothiad, mi hermana, que me parece aún se encuentra en las montañas de Zarr. Mi vida se enriquece al saber de las suyas, y creo que lo mismo sucede para ellos”.
“¿Les escribirás siempre?”
“Mientras me dé tiempo la vida”.
“¿Y sobre qué les escribes?”
“Sobre lo mismo”. Sonrió. “La vida y los sueños; no hay otra cosa”.
“¿No escribes sobre la muerte?”
“Se puede escribir sobre lo que siente la vida ante la muerte. Las palabras son inadecuadas para los sueños, pero no existen cuando se trata de la muerte”.
Zakhuri calló entonces, para luego añadir, largos minutos después, pensativa:
“Cuando muera escribiré a todos acerca de ello. Escribiré una carta sin palabras”.
Lugghab miró los ojos de Zakhuri...
...pero los ojos de Zakhuri eran una página en blanco.
La gaviota remontó el vuelo con sus alas negras, y Lugghab la miró, con la carta en su mano, hasta que se perdió de vista allí donde el sol hacía lo mismo tras el horizonte.